(Por Alexis Méndez)
La verdad es que no recuerdo el momento en que murió. Ese 6 de Enero, en el 1993, debí haber estado metido de lleno en la celebración de la tradicional fiesta de Los Reyes Magos, o quizás en mi ocupación de “fans a tiempo completo” de Juan Luís Guerra y Rubén Blades, o tal vez estuve por ahí, tratando de inducir algún amigo a que escuchara el álbum unpluged de Eric Clapton, o intentando producir sonidos roqueros con una guitarra.
Todo eso pude haber estado haciendo, menos llorar a uno de los grandes de la música universal, a quien conocía bastante, y hasta tuve la oportunidad de ver en dos oportunidades. Fue un olvido que con el tiempo se hizo corriente, pues a la hora de recordarlo, fue difícil hacerlo un día como hoy.
Y me sorprendo por no haberlo hecho, pues desde antes de su partida física, he estado conciente de que la obra de Dizz representa una síntesis del ecléctico y raro gusto musical que tengo.
Dizzy Guillespie construyó en el bebop, estilo que disfruto solo o acompañado (que más da si me excita); fue el facilitador que pudo afianzar, junto a Luciano Pozo (Chano), la inclusión de lo caribeño en el carril del jazz, escenario por el que entré a este mundo; y ni hablar de cuando metió la cuchara en la música de Brasil que tanto llama mi atención. A todo lo escrito, le sumo el incansable espíritu curioso que lo paseó por diferentes experimentos.
Sacrilegio dirán muchos, pero quiero reivindicar los años de mi olvido y dar vacaciones a Melchor, Gaspar y Baltasar, para que entre mis emociones, sea instituído el 6 de Enero como el día de Dizzy Guillespie, fecha en que recordaré como su alma pasó a otro plano, sin llevarse su música, que quedó para ser estudiada, y sobretodo disfrutada.



Dizzy Guillespie interpreta "Tin tin deo"

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