Palmas y palmeras para Eddie Palmieri. 75 años de vida-50 años de La Perfecta

Especial para el blog de Música Maestro
    
Por: Sergio Santana Archbold (*)

En el mundo de la salsa, no muchos se pueden dar el lujo de tener más de 40 producciones discográficas y muchas participaciones, 13 nominaciones y 9 premios Grammy y muy pocos pueden presumir una carrera artística de más de 60 años. Ese solamente es el maestro Eddie Palmieri. A los 75 años, cada vez que la leyenda de Eddie toca las octavas del piano se abre una puerta a la gloriosa herencia de su hermano Charlie, de Arsenio Rodríguez, Lilí Martínez, McCoy Tyner, Cal Tjader, los Titos -Puente y Rodríguez-, Machito y otros ases del jazz, el son, el mambo y la rumba. Sus maromas en el piano crearon un concepto, con sus silencios, sus solos encontrándose con él mismo, con todos, con el barrio, con el exigente bailador. Estridente, sabroso, popular, exigente y elitesco, a Palmieri se le llama “El Rumbero del piano” y “El Rompeteclas” por arremeter contra su teclado, cual si fuera un tambor -él mismo se considera un “percusionista frustrado que se desquita con el piano”-, en el éxtasis de sus actuaciones. Con Palmieri la salsa brava y el jazz se entrelazan en un lenguaje muy particular: el lenguaje palmeriano.

Echando pa´lante

Eduardo Palmieri Maldonado nació en el hospital Beth David de Manhattan, Nueva York, el 15 de diciembre de 1936. Los tatarabuelos de los Palmieri llegaron a Ponce, Puerto Rico, procedentes de Florencia, Italia, a comienzos el siglo XIX -otra fuente asegura que llegaron de la isla de Córcega-. Su bisabuelo Domingo Palmieri, era dueño en 1873 de la Hacienda Amelia en Ponce. Su madre, natural de Ponce, Isabel Maldonado fue la que primero llegó a Nueva York en 1925, en el barco El Cuamo, hundido años después durante la Segunda Guerra Mundial. Al año siguiente, en 1926 su pretendiente, Carlos Manuel Palmieri, un electricista y especialista en reparación de radios, llegó a la Gran Manzana, uniéndose luego en feliz matrimonio. Ya casados, se instalaron en la calle 60 Este y la calle 112, entre las avenidas Park y Madison. Cinco años después se mudaron al South Bronx, en la calle Kelly, entre las avenidas Longwood con Intervale. En la misma calle Kelly Carlos Manuel Palmieri tuvo su propio taller, el Bronx Radio Lab, posteriormente tuvo una bodega y luego una lonchería. Recuerda Eddie que sus padres escuchaban música típica puertorriqueña, boleros y tangos; sus tíos maternos cantaban y tocaban guitarra los sábados y domingos, siendo el ambiente familiar muy musical.

El pequeño Eddie se inició en la música a través de su hermano Charlie -nueve años mayor- y con una tía, en su propia casa. Su madre fue la que motivó e influenció para que su segundo hijo se hiciese músico, visionando sus extraordinarias facultades. A los cinco años, por la época en que su familia se trasladó de residencia, participaba en concursos de aficionados en los teatros San José y Campoamor: cantaba boleros de Daniel Santos y tocaba las maracas y era acompañado al piano por Charlie. A los ocho años aprendió a tocar el piano. Su primera maestra fue una señora, al que Eddie recuerda como “La Boca Negra” que vivía en el vecindario. Posteriormente, se interesó por la percusión -quería ser el timbalero de su hermano, encuentro que nunca logró- y comenzó tocando con la orquesta de su tío Gerson Güeits, Chino y sus Almas Tropicales, en el Club Mejicano de la Calle 25 en las montañas de Catskills y luego en el hotel Las Villas. Cansado de cargar timbales, cencerro, redoblante, platillos y baquetas en un estuche que le confeccionó su madre, regresó al piano estudiando en los libros de su disciplinado hermano y luego en “Le´ Comte Conservatory of Music” de Margaret Bonds -su estudio quedaba en el mismo edificio del prestigioso Carnegie Hall, donde dio Eddie dio su primer recital con música de Bach- y con Luis Varona, quien tenía un estudio en Manhattan. En 1949 debutó profesionalmente como pianista con los compañeros de estudio de la Escuela Pública No. 2, entre ellos Orlando Marín, de 15 años, en los timbales; Joe Quijano, de 14 años, en el bongó; Larry Acevedo, vocalista; Chiqui Pérez, en la conga, y Claude Adams, al formar una banda, llamada “The Mamboys from Banana Kelly”, que ensayaba en los salones de la escuela. Esta banda grabó un sencillo, ítem de coleccionistas, con los temas “Abaniquito” y “La toalla” -otros aseguran que existe otro sencillo con “El Cumbanchero” y “Sun sun babaé”-. Después de unas presentaciones dentro y fuera de la escuela, la banda se amplió a tres trompetas y un bajo y pasó a llamarse el Conjunto de Eduardo Palmo, un seudónimo del naciente pianista.

De la mano de Charlie comenzó a escuchar a Machito, a René Hernández -el corazón de la orquesta de Machito-, a las grandes orquestas de Nueva York: Tito Rodríguez y Tito Puente y a los pianistas cubanos Luis “Lilí” Martínez Griñán, del conjunto de Arsenio Rodríguez; Jesús López, de la charanga de Antonio Arcaño, y Pedro Justiz “Peruchín” de la orquesta Riverside. Con un inmenso respeto por el puertorriqueño Noro Morales, autor de “Serenata Rítmica”, su mayor éxito, reconociendo que su formato y su estilo predominaron en su estilo -y el de Charlie- en esos años. Con el profesor italiano Bob Bianco comenzó a estudiar las bases del jazz: teoría, estructura, arreglo y composición. Aquí aparecen sus otras influencias: los pianistas Bud Powel y Oscar Peterson, admirando las disonancias de Theolonius Monk, el dominio de Bill Evans y la fuerza de McCoy Tyner. Con un abrazo sincero a Claude Debussy desde la música clásica impresionista.

A comienzos de la década de los 50, recomendado por su hermano ingresó a un quinteto integrado por Raúl Almo y Bobby Santiago -trompetistas-, Guito González -bajo y voz- y Jimmy Montante -segundo pianista-. En una presentación en el Sunnyside Gardens de Queens, conoció a Iraida González, que luego sería su esposa durante casi 50 años. Pasó luego por la orquesta de Eddie Forrestier y por la banda del bajista Johnny Seguí, donde fue despedido por darle muy duro al piano de cola, desde estos días viene su apodo de “rompe teclas”. De nuevo, Charlie lo recomendó, esta vez a la orquesta de Vicentico Valdés -“que fue para mí el colegio y la biblioteca, como se dice, de la música cubana que yo desconocía; no sabía quiénes eran la Orquesta Aragón, la Sensación, la charanga América...”-. Pasó brevemente por la banda del vibrafonista, Pete Terrace y en 1958 ingresó a la orquesta de Tito Rodríguez donde alcanzó madurez pianística, que se escucha fresca en los temas “Satin and lace”, “Liza” y “Double talk” incluidos en el álbum “Tito Rodríguez live at The Palladium”.

La Perfecta

Después de este período de estudios, influencias y tibias experimentaciones, Eddie Palmieri fundó entre 1961 y 1962 su propio octeto, La Perfecta, en la mitad del boom pachanguero. La Perfecta, confrontación de flauta y trombones, que su hermano llamó con el nombre de Trombanga -trombón con charanga-, o de dos trombones con sonido agresivo -que habían iniciado años atrás Benny Moré, en Cuba, y Joe Cotto con Mon Rivera-, causó revuelo en Nueva York por los registros no comunes en el ambiente. Con su amigo el trombonista Barry Rogers -el Dizzy Gillespie del trombón-, que venía del rhythm and blues y del jazz con una influencia de Kai Winding y Jay Jay Johnson, y Manny Oquendo, percusionista de Brooklyn que había pasado por las bandas de José Curbelo, Vicentico Valdés, Tito Puente, Miguelito Valdés, Noro Morales y Tito Rodríguez y que en definitiva le dio a conocer los nuevos sonidos que salían de Cuba, junto a la pureza del ponceño Ismael Quintana en la vocalización y los ajustes percutivos de Mike Collazos, Chuckie Pérez y George Maysonet, nació el sonido Palmieri de una ambigüedad extraña, al mismo tiempo conducente y desesperante.


La Perfecta inició su carrera discográfica ese mismo año con el sello Alegre de Al Santiago. El primer éxito importante de Palmieri, “Muñeca”, de su tercer y último álbum Alegre para pasar después al sello Tico, mostró el principio de un swing agonizante que iba a asegurar un público amplio para su experimentalismo en desarrollo: los montunos de Eddie, con reminiscencias a McCoy Tyner, Bill Evans, Bud Powell y Thelonius Monk -The Latin Monk le decían sus allegados-, en los solos de piano que desarrolló de manera clásica a modelos cubanos. En 1965, La Perfecta desbarató todo el esquema de las grabaciones de música latina -excepto los jam sessions- al grabar “Azúcar” en forma de jazz con la versión que hacían en público: ocho minutos treinta segundos. Al año siguiente reunió sus fuerzas y su talento con Cal Tjader y en dos álbumes revela su indiscutible vanguardia pianística.


La Perfecta se desintegró en 1968, al mismo tiempo que Eddie comenzó un período de lucha por problemas profesionales y personales, de esta época única quedarían éxitos como: “La Perfecta”, “Presente y pasado”, “Con un amor se borra otro amor”, “En cadenas”, “Muñeca”, “No hay mal que por bien no venga”, “Café”, “Mi corazón te llama”, “Tu tu ta ta”, “Si hecho pa lante”, “Ajiaco caliente”, “Tirándote flores” y “Azúcar”. 

La orquesta de Eddie

Su nueva orquesta -que incluía entre otros a los cubanos Israel López Cachao y Alfredo “Chocolate” Armenteros- contó con Cheo Feliciano e Ismael Quintana y se paseó con propiedad por las calles del boogaloo. Años atrás había realizado otra aventura al presentar en la Gran Manzana el mozambique, inspirado en la conga cubana y en los antecedentes afrocubanos de Pello El Afrokán -Pedro Elías Izquierdo- venidos desde la Cuba bloqueada.

Palmieri continuó, en 1971, con el experimentalismo de sus álbumes para el sello Tico: “Justicia” -según Eddie “un ábum con una declaración de guerra a la pobreza y al racismo”-, “Superimposición” y “Vámonos pa´l monte”, al formar una unidad con el grupo Harlem River Drive y su banda salsera. Potencialidades que quedan demostradas en la versión en vivo de “Azúcar”, grabado en la prisión de Sing Sing, en donde cambió de rhythm and blues a salsa en una forma tan pausada que casi resulta imperceptible. En 1972 remató con la grabación del lp “Harlem River Drive” para Roulette, con una combinación experimental de música latina con soul, jazz y rock. En este periodo, Eddie inicia una larga colaboración con el trompetista Víctor Paz, y el saxofonista Ronnie Cuber. De otro lado, entre su obra se hacía énfasis en los temas sociales -recibió un curso de sociología en el centro de Humanidades y Política, del Henry George School- establecidos desde el propio tema “Justicia” hasta “Revolt-La libertad lógico”, pasando por las proclamas y declaraciones en Sing Sing. Son los años en que descubre el método de arreglos musicales de Joseph Schillenger, se acerca a la filosofía científica de Immanuel Velikovsky e ingresa al Henry George School.

Eddie no participó en el boom industrial que la Fania desarrolló en los primeros años de la década de los 70, su rebeldía, su locura y su personalidad le hicieron persona no grata para la industria convencional; se dijo que estaba demasiado adelantado y que la gente no lo entendía. Su música se fortalecía en un proceso de depuración, conociendo e investigando otras armonías, estilos y técnicas, que lo hicieron único, manteniendo siempre el patrón afrocubano que lo identificaba.

El Sol de la música latina

Su pasión desbordada por el pasado cubano y su creciente admiración por McCoy Tyner y, en los territorios “clásicos”, por Bartok, Debussy y Stravinsky, lo llevaron a expresar toda su madurez en “Adoración”, lo mejor del álbum “Sentido” de 1973 del nuevo sello Coco, que abrió con un prolongado preludio de piano, y en la grabación del álbum “The sun of latin music”, que incluía dos temas que llevaron sus locuras experimentales a la capa de ozono: “Un día bonito”, desde un preludio de siete minutos con piano hasta la elaboración de una pieza de metales a través de percusión afrocubana, a un registro altísimo en la fresca voz de Lalo Rodríguez -llegó recomendado por Justo Betancourt-, y “Una rosa española” que abría con un danzón con violín -Alfredo de la Fe- y corno francés, trasladado luego a una danza puertorriqueña para concluir en un son montuno de metales flameantes. “The sun of latin music” se convirtió en febrero de 1975 en la primera producción latina en ganar los hoy claramente desprestigiados premios Grammy. 


Al año siguiente grabó con su orquesta y con Mario Rivera (saxo barítono), Bobby Porcelli (saxo alto), Tony Price (Tuba), Eddie Martínez (piano) y Alfredo de la Fe en los violines, como invitados, el LP “Unfinished masterpiece” -Obra maestra inconclusa, el nombre del álbum se debe al abandono de Eddie del estudio de grabación por una de sus irreverencias y el LP fue concluido por Eddie Martínez-, su tercer álbum para Coco y nuevamente con Lalo Rodríguez en la parte vocal, logrando un sonido denso y casi atronador Así y todo este álbum, de 1976, aprovechando su genialidad lo hizo merecedor a su segundo Grammy.

En 1978 publicó “Lucumí Macumba Voodoo” con el sello Epic de la CBS. Pero, aunque Palmieri no contó con la libertad que se le prometió en el costoso contrato firmado, el álbum resultó una mezcla de ritmos y tendencias no comerciales con inmensas expectativas que culminó en un fracaso de ventas, solo justificados para el melómano exigente por el exquisito y soberbio diálogo de pianos entre Eddie y Charlie en “Colombia te canto”. En junio de 1979 Palmieri asombró en el Festival de Jazz de Newport con su cadencia afrocaribe.

Travesuras en los 80s

En la década siguiente su carrera se hizo más intermitente aunque siempre fiel a sus endiabladas descargas pianísticas. Inició la década firmando con Fania y grabó el álbum “Eddie Palmieri” (1981), donde volvió a contar con Ismael Quintana y Cheo Feliciano, con arreglos de René Hernández y Francisco Zumaqué. En 1983, se marchó a su querido Puerto Rico -el tema “1983” hace referencia a este “retorno”- y con músicos de la isla grabó sus siguientes trabajos con Fania: “Palo pa´ rumba” (1984), “Solito” (1985) y “La verdad” (1987), con las jóvenes voces de Luis Vergara, Jerry Medina, Tony Vega, Luisito Ayala, Rafael de Jesús, José Cheo Medina y Wilfredo Santiago. Por falta de trabajo regresó a Nueva York y produjo para el sello Capitol “Sueño” (1989) y para Sony “Llegó La India” (1992), este último el debut salsero de La India -Linda Caballero-. Estos álbumes aparecieron en plena euforia y explosión de la mal llamada “Salsa romántica”, asexuada aunque falsamente erótica, engendro que intentó relegar a un plano secundario su trabajo lleno de sonidos irreverentes y travesuras rítmicas. Cuando todo el ensueño de la “salsa brava” había desaparecido y el mercado la había condenado al olvido, se mantuvo por todo lo alto con calidad, pasión e inventiva. Aun así, su carrera se vio estimulada con otros tres premios Grammy en la categoría “Música tropical latina”: 1984, 1985 y 1987.

Sus siguientes trabajos, “Palmas” (1994) y “Arete” (1995), nominados para los premios Grammy, para que no queden dudas de su vigencia, y “Vortex” (1996) consolidan a Eddie en los avatares del jazz latino, refugio actual de músicos ávidos de aventuras hacia mundos más elaborados, hacia presentaciones técnicas más complejas que requieren, eso sí, de oídos atentos, entrenados, dispuestos y gozones. Claro, y aquí Eddie nada en aguas conocidas, sigue en la vanguardia. En 1998 regresó a su “salsa dura” -aunque con incursiones al latin jazz, nunca los abandonó- con el álbum “El Rumbero del piano”, donde sus nuevos vocalistas Wichy Camacho y Herman Olivera se entregan a la tradición palmeriana de soneos vigorosos respaldados por montunos ostentosos en momentos en que la salsa no se había desprendido de la repetición romántica. Después de “El Rumbero del piano”, la siguiente producción registró un concierto que el pianista dio en 1998 en Nueva York, a beneficio del Bronx-Lebanon Hospital Center, “Eddie Palmieri & Friends, Live!”. En esta presentación, como es habitual en Palmieri, reunió a un experimentado grupo de músicos y esta vez combinó compañeros de muchas ocasiones como Jimmy Bosch, Juancito Torres, Jimmy Clausell, Paoli Mejías y Anthony Carrillo, con músicos que en pocas o ninguna ocasión se habían presentado con él: Héctor Veneros en el saxo alto, Barry Danielsen, en la trompeta, Juan Pablo Torres en el trombón y Hugo Durán en el bajo.

Obra maestra con Puente

El premio Grammy lo volvió a saborear en el año 2001 en sus dos versiones -latina y anglosajona- con el álbum “Masterpiece-Obra maestra”, junto a Tito Puente, publicado por RMM meses después de la muerte del timbalero y rey de la música latina. El álbum se constituyó en la primera producción discográfica de la historia de la salsa en que dos orquestas se unieron en una big band de ensueño para interpretar un repertorio selecto. La veteranía e ingenio del binomio gestó una grabación de música afrocaribeña, latinoamericana y jazz latino en cuyos arreglos para maderas y metales se aprecian el estilo brillante y melodioso de Puente, mientras que en el ritmo se impone la cadencia y energía del Rumbero del Piano. Los cantantes Herman Olivera, Jerry Medina, Oscar D’ León, Frankie Morales, Michael Stuart y Pete “El Conde” Rodríguez interpretaron un repertorio latinoamericano que se nutre de obras como “La última copa”, “Muddy's Club Blues in Weinheim”, “Cielito lindo”, “Marchando bien”, “Picadillo”, “El Puente mundial”, “El beso”, “Enséñame tu”, “El bochinche”, “París mambo”, “Yambú pa’ Inglaterra” e “Itutu aché”. Este álbum es considerado por muchos como el disco de música afrocaribeña bailable más importante de la historia.


En los años 2002 y 2003, Palmieri nos deleita y reconfirma su vigencia con los álbumes “La Perfecta II” y “Ritmo caliente” para el sello de jazz y latin jazz Concord Records; ahora recrea nuevas versiones de algunos de sus éxitos como: “El molestoso”, “Tu tu ta ta”, “Tirándote flores”, “Cuídate compay”, “Ay que rico”, “Lázaro y su micrófono”, “Sujétate la lengua”, “Lo que traigo es sabroso” y “Ritmo caliente” -vocalizados por Hermán Olivera, muy merecedor del apelativo de “El Sonero del siglo XXI”- y “Veredict on Judge Street” -el cual titula ahora “Bianco’s waltz” en honor a su antiguo maestro-, y brinda nuevos temas con combinaciones de ritmos y armonías como “Bach goes batá”, “Apearon” y “Elena Elena”, con la participación de músicos como Brian Lynch, Conrad Herwig, Eddie Zervigon, Doug Beavers, Ivan Renta, Karen Joseph, Chris Washburne y Dave Valentín, entre otros.

El 30 de abril del 2005 celebró su 50 aniversario en la música -en realidad eran mas años como lo hemos podido constatar- con el concierto “Mi día bonito”, en el Coliseo Rubén Rodríguez de Bayamón, Puerto Rico. En el espectáculo, Palmieri compartió con algunos de los cantantes de sus orquestas y presentó una selección de lo mejor de su extenso repertorio. Estuvieron Lalo Rodríguez, Ismael Quintana -en semiretiro, ahora cuidando nietos-, Cheo Feliciano, la India, Hermán Olivera, Jerry Medina, Luis Vergara y Wichy Camacho. A esta celebración precedió una actividad dada en el Aaron David Hall de Nueva York, y siguió con “Listen here! P'al pueblo” en la Sala de Festivales del Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré de Puerto Rico y la presentación de un nuevo álbum de jazz latino para Concord Records titulado “Listen Here!”. Este sería el primer álbum en que Palmieri graba composiciones de otros artistas de jazz. En este álbum cuenta con las colaboraciones de prestigiosos jazzistas como Michael Brecker, Regina Carter, Christian McBride, Nicholas Payton, David Sánchez, John Scofield, con el bajista John Benítez, el baterista Horacio “El Negro” Hernández y el percusionista Giovanni Hidalgo. Y como era de esperarse con un álbum de estas magnitudes, volvió a ganar el premio Grammy al mejor álbum de jazz latino, galardón por el que compitió con el percusionista Ray Barretto, quien falleció por los mismos días en que se dio el veredicto y entrega del premio.

Vigente y en vanguardia

En los últimos años Eddie Palmieri, según sus palabras, ha regresado al estudio de su instrumento y disfrutando más la compañía de su esposa, sus cinco hijos y seis nietos: “No me estoy retirando completamente. Lo que quiero es convertirme de un tocador de piano en pianista. Crecer más en el estudio del instrumento”. Igualmente ha intensificado sus giras -ha visitado más de 45 países-, ahora por Europa -España, Italia, Suiza y Holanda-, por Japón y por primera vez a Rusia.

Para César Miguel Rondón -autor de “El Libro de la salsa”-, estableciendo un paralelo absolutamente forzado, “bien podríamos decir que fue -¡es!, el agregado es nuestro- a la salsa lo que Miles Davis al jazz en la década de los 60. Así como Davis sirvió de factor aglutinador para los principales personajes que desarrollarían el jazz típico de los años 70, asimismo Eddie reuniría bajo su influencia las principales vanguardias que se destacarían en la Salsa de los años finales de los 70. Así como el jazz de hoy tiene muy perceptibles lazos de unión con el Davis de los 60, igualmente toda la salsa que hoy día no se limita a los comercialismos, le debe mucho de su vigor y perspectiva al Palmieri que se desata en rebeldía en estos años”.

Esta también claro que el está haciendo todo a su alcance para salvar “la estructura” y “la esencia” -usando sus propias palabras- de la música afrocubana: “Soy el único que queda. Con humildad, si no es por las grabaciones que he hecho, el género se perdería para siempre”. Eddie Palmieri en su salsa es un plato fuerte y exquisito; rico en calorías rítmicas, melódicas y armónicas. De fácil digestión tanto para los salseros con buen gusto como para los amantes del jazz.

Sus poderosos acordes y frases disonantes, la rigidez de su postura frente al piano; su pasión por la clave y los imperceptibles murmullos que emite con los ojos cerrados y la boca abierta durante sus solos, revelan con elocuencia la espiritualidad, sensibilidad y el temperamento de Eddie Palmieri, leyenda viva que, cinco décadas después frente a un piano y siete décadas de vida, sigue brillando como el Sol indiscutido de la música latina.

¡Salud Eddie!

(*) Ingeniero civil e investigador musical colombiano. Autor de "¿Qué es la Salsa? buscando la melodía", "El Ministro del Reggae: Peter Tosh", "Bob Marley talkin’ blues", "Yo, Rubén Blades, confesiones de un relator de barrio", "Benny Moré hoy como ayer", "Héctor Lavoe la voz del barrio" y "El inolvidable Tito Rodríguez, en la vida hay amores". Y de los libros inéditos: "En el mundo en que yo vivo, Salsa en Medellín" (Beca de Creación del Ministerio de Cultura 2007) y "Mi salsa tiene sandunga, los otros ingredientes". Actualmente reside en San Juan de la Maguana. Labora en el Proyecto Hidroeléctrico Sabana Yegua