jueves, 6 de agosto de 2009

Siendo un niño, nunca escuché que en mi casa se mencionó la palabra jazz. Algo normal si tu niñez transcurre en un barrio de la parte alta de Santo Domingo, donde las calles y esquinas estaban repletas de salsa, gracias al éxito de los artistas de Fania, Dimensión Latina y Fruko; del merengue progresivo de Wilfrido Vargas y el vaivén musical de Cuco Valoy. Decir que era una palabra exótica, es mucho. Más bien, ni la conocíamos.
Y posiblemente, la primera vez que se uso, salió de mi boca. Pero, aunque el término no formaba parte de mi cotidianidad hogareña, de mi vocabulario y el de mi familia, su esencia había penetrado en nosotros.
Lo hizo a través de los discos, y con el vestido caribeño, normal en los acetatos de un sonero, mi padre. Su colección, que se imponía ante unos cuantos discos de baladas de mi madre, estaba compuesta, en su gran mayoría, por el tradicional repertorio del Sexteto Borinquen y los grandes éxitos del sello de Jerry Macussi y Johnny Pacheco, siendo los álbumes de este últimos los más mimados.
De la discografía de Pacheco, recuerdo un álbum de nombre “Pacheco his Flute and Latin Jam”, el cual fue grabado en 1965, y en el que el flautista guardó su estilo convencional para involucrarse en descargas que emulaban los “jameos cubanos” al estilo Pedro Justi, “Peruchín”, y Frank Emilo Fynn. Recuerdo haber escuchado a Pacheco decirle a Luís Aquino, de MUSICA MAESTRO, que ese disco llegó hacer un germen de lo que años después se convirtió en Fania All Stars.
En esa grabación, contó con otros músicos, que al igual que él, ya traían el veneno de las descargas caribeñas, como José, Chombo, Silva (saxo) y Barry Roger (Trombón), entre otros.

Para aquella época, no sabía quien era el pianista Telonious Monk, cuyos sonidos, en estos momentos forma parte de mi preferencia primaria en le jazz. Pero, entre mis juegos, incluía la observación de carátulas, entre las que estaban las de otro pianista, Eddie Palmieri. Con Palmieri, llegó Cal Tjader, cuyo nombre ni siquiera sabía pronunciar, y cuya propuesta se mostró amable y me enseñó que entre los discos de salsa que yo rebuscaba, había algo más. Eso lo aprecié con “Bamboléate”, álbum en cuya estampa aparece el 1967 como fecha de salida, y en el que el son montuno, el bolero, el mozambique y la guajira, hacen alfombras rítmicas que permiten el transito de notas libres, planteados por las teclas de Palmieri, el Vibráfono de Tjader y el trombón de Barry Rogers. Además, presentan el sincretismo cromático del boogaloo.
La primera vez que escuché un samba brasileño, fue en este álbum. El tema “Samba do sueño” mantiene a Eddie ejecutando una base constante, mientras Cal marca la melodía, y el trombón de Barry se comporta duro y jazzista, neoyorquino e improvisador…salsero tal vez; este último elemento nos recuerda que aunque esa es música brasileña, el fiestón de ese disco no se originó en Brasil.
Con esos álbumes se encendió la mecha. Más adelante llegaron otras experiencias que poco a poco me llevaron a mostrar interés, primero en las descargas afro caribeñas, luego en las fusiones de otras expresiones caribeñas y latinas con el jazz, siguiendo por una retrospectiva del jazz latino, con Mario Bauzá, Chico O´Farril, Dizzy Gillespie y Chano Pozo y finalmente yendo a los inicios de esta expresión musical.


Viene más...
Alexis Méndez.

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